Por Hugo Litvinoff

Un psicoanalista ayuda a develar el sentido de la enfermedad

Un individuo ha cometido un grave error en su trabajo, y en el momento de comparecer ante sus superiores experimenta una aguda molestia intestinal; otro debe pronunciar un discurso, pero poco antes de que llegue su turno sufre un ataque de tos que lo obliga a postergar la presentación; al día siguiente de una acalorada discusión con su marido, una mujer amanece con un fuerte dolor de oídos…

Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el infinito dando cuenta de que los afectos como la angustia, el miedo o la vergüenza no son simples sensaciones mentales. Sino que surgen y se expresan a través del cuerpo, y con harta frecuencia lo transforman, provocando o favoreciendo las aparición de distintas afecciones. Y no se trata sólo de síntomas fugaces: en muchas enfermedades crónicas como la hipertensión o el cáncer, está presente la dificultad de manejar y expresar adecuadamente afectos intolerables.

Con gran frecuencia el enfermar contiene un dramático pedido de afecto, imposible para ese individuo de formular por otra vía. Cuando los labios callan y la conciencia ignora es el cuerpo el que entra en escena; el mismo que enrojece de ira o levanta las pulsaciones ante el peligro, también responde transformándose cuando lo que se pone en marcha son procesos que la conciencia no puede abarcar.

El psicoanálisis ha volcado su esfuerzo en desentrañar el sentido de la enfermedad, cuál es el drama inconsciente que se manifiesta en ella y cuáles los procesos que la hacen posible en un momento determinado de la vida. Y, por sobre todas las cosas, qué otras vías de expresión se le puede ofrecer al doloroso conflicto que actúa silencioso detrás de los síntomas.

Sea que el dolor se manifieste en el cuerpo o en el alma, toda persona que sufre es un verdadero enigma y constituye un desafío para quien se acerca con intención de ayudar. Muchas personas se aferran a la enfermedad, construyendo su identidad en torno de ella. En la mayoría de estos casos prefieren continuar enfermas a enfrentar la soledad, la angustia, la frustración o la exclusión que su dolencia pueda estar expresando.

A veces, nuestros síntomas expresan de manera simbólica los conflictos que les dieron origen, facilitando la tarea de comprenderlos. Pero por lo general la enfermedad aparece como una mala jugada del destino.

Se hace necesaria entonces la presencia de un tercero capaz de entender más allá de las apariencias qué es lo que realmente nos está pasando; para ello deberá penetrar en nuestra historia, encontrar aquel viejo dolor o aquel secreto drama que no podemos o no queremos recordar. Recién entonces comenzará una tarea que siempre alivia, a veces cura o ayuda a curar, pero que siempre genera una experiencia transformadora en la relación con uno mismo y con el propio cuerpo.

El autor es miembro titular en Función Didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina y Full Member of the International Psychoanalytical Association

Fuente  LA NACIÓN