El actor aseguró que «After Earth fue más doloroso porque estaba mi hijo involucrado».

En una reciente entrevista reciente, el actor Will Smith habló abiertamente del rotundo fracaso en taquilla de After Earth, su ambicioso proyecto con su hijo Jaden y que fue dirigido por el alicaído M. Night Shyamalan en 2013.

Al respecto, Will Smith confesó sentirse «destrozado» cuando la cinta fracasó de forma estrepitosa en taquilla y sólo consiguió recaudar unos pocos millones en las carteleras de Estados Unidos. Para el actor, fue un duro golpe ver cómo este proyecto personal era su primera película que no obtenía el número uno en la taquilla el fin de semana de su estreno.

Por todo ello, Will Smith reconoce que algo cambió en él, puesto que «tras el fracaso de After Earth, algo se rompió en mi cabeza. Pero después pensé que seguía vivo. Y que incluso cuando la película no ha sido la número 1, aún pueden contratarme para otra película».

«El Fracaso»

Por Jorge Mosqueira (La Nación)

No existe la posibilidad de innovar, y mucho menos a la velocidad que hoy se requiere para sobrevivir en este mundo, si se penaliza el error.
Hay una tendencia creciente, que es el reconocimiento del error como valor positivo en vez de ser objeto de sanción. Podríamos decir que se ha subido un escalón más, a través de un artículo de Bill Taylor, publicado nada menos que en Harvard Business Review. Va ocupando su lugar «El Fracaso», legitimado por CEO’s de corporaciones como Coca Cola, Netflix y Amazon, quienes «instan a sus empresas y compañeros a cometer más errores y asumir más fracasos» (sic).

La frase no puede ser más sorprendente y escandalosa, si se quiere, pero tiene sus fundamentos. Jeff Bezos, de Amazon, lo explica de este modo: «Si vas a hacer apuestas audaces, van a ser experimentos. Y si son experimentos, no sabes de antemano si van a funcionar. Los experimentos son, por su propia naturaleza, propensos al fracaso. Pero unos pocos éxitos grandes compensan las decenas y decenas de cosas que no salen bien».

James Quincey, nuevo director ejecutivo de Coca Cola, define: «Si no cometemos errores, no nos estamos esforzando lo suficiente». El autor de la nota sintetiza, argumentando que «si uno no está dispuesto a fracasar, no estará preparado para aprender. Y a menos que las personas y las organizaciones logren aprender a la misma velocidad que el mundo cambia, tampoco lograrán crecer y evolucionar».

Quizás éste sea el punto más relevante, porque pone al descubierto lo que ha cambiado realmente. Parafraseando aquel famoso consejo que recibiera el ex Presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, «es el contexto, estúpido». En el ámbito privado – no en el público, que va por otros carriles- siempre se ha asumido que hay que correr riesgos, algunos de los cuales pueden ser muy exitosos y otros no.

Durante la mayor parte del siglo XX la planificación, por ejemplo, era la columna vertebral de todas las decisiones. Cualquier desvío era mal visto y hasta condenado. No dejaba de ser una ilusión óptica, ya que se trataba de ver la realidad tal como se pretendía, sin contar con cambios importantes. Y en verdad no los había, porque todo era más previsible. Ergo, el desvío era una falla humana, no de una realidad que cambió. El que no lo supo ver era un miope poco confiable.

En la parte de este nuevo siglo que nos toca vivir las cosas se han invertido. Lo menos confiable del mundo es la realidad, que puede cambiar de modo abrupto y hasta caprichoso. El ensayo y la experimentación pasaron a ser las herramientas fundamentales para sobrevivir, pero para ello hay que abandonar los viejos hábitos de conducción. Alentar los fracasos termina siendo una revolución cultural que muchas generaciones, anteriores, actuales y futuras, no podrán digerir fácilmente.

En definitiva, de esto se trata cuando se busca dirigentes que tomen riesgos, con la imprescindible salvedad que la compañía entera lo acompañará si la cosa sale mal, en vez de convertirlo en chivo expiatorio. La tendencia es tan clara que la Universidad Smith, de Massachusetts, ha creado un programa bajo el nombre de «Fracasando bien» donde aclaran que «lo que estamos intentando enseñar es que el fracaso no es un fallo del aprendizaje, sino su función».

Esta vuelta de tuerca fue y es necesaria. En los ’90 se desarrollaron seminarios y conferencias donde los expositores contaban al público sus asombrosos éxitos.

Hoy debería abrirse un Congreso Internacional de Fracasos Empresariales (CIFE, en sus siglas en español) donde todos aprenderíamos mucho.

Por eso, deseamos cerrar esta nota con un fragmento del discurso de Steve Jobs que siempre hay que tener  presente cuando el miedo nos paraliza:

… «Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida. Porque casi todo –todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo el temor a la vergüenza o al fracaso– todo eso desaparece a las puertas de la muerte, y solamente queda aquello que es realmente importante. Recordar que vas a morir es la mejor manera que conozco para no caer en la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No tienes ningún motivo para no seguir a tu corazón.»