Por Pedro Vergara Meersohn

La memoria que somos, el olvido que seremos.

Desde los 4 hasta los 13 años viví en una ciudad sin trenes, donde se llegaba o en avión o en barco. Viví allí, rodeando de gente, de hermanas y hermanos, de vecinos y amigos en una soledad sin fin, que me empujaba a la calle a caminar por horas de arriba a abajo.

Nunca descubrí lo que buscaba, ni tampoco estoy seguro si, en realidad, buscaba algo. Pero bajaba caminando hacia el sur, hacia el mar del estrecho hasta llegar al parque, de frente al cementerio con su puerta de vidrio enorme, sus cipreses perfectos y sus muros grises y altos, que ocultaban y velaba celosamente el misterioso secreto de la muerte. De allí, doblaba a la derecha, hacia el oeste por un parque donde aprendí a conocer los árboles, pinos, robles y cipreses, y los nidos de los pájaros.

El parque terminaba en la calle principal y seguía hasta superar un puente sobre un rio raquítico y de oscuras aguas, donde decenios atrás se mojaban el alma buscadores de oro y carboneros sin pago. Hacia el sur había una diagonal que se alejaba del centro.

Seguía a menudo la calle principal y, después del puente, doblaba siempre hacia la izquierda, donde encontraba nuevamente un parque, que dividía la ciudad de norte a sur, hasta llegar a la playa. De allí, desde la playa, a la derecha, se divisaba el puerto con todos sus barcos y al otro lado del estrecho, la isla de tierra del Fuego. Más allá, a lo lejos, hacia el oeste, se abría el Pacífico, y de la parte opuesta, el Atlántico. En norte era una montaña despeinada y con los cabellos siempre blancos.

Vivía en un istmo de tierra y de arena, desolado por la lluvia, el frío y el viento, donde la temperatura en verano difícilmente superaba los 20 grados. Una tierra perdida en sí misma, que arrastraba a sus habitantes a una vida de sueños y de historias sin nombre, donde el protagonista de siempre era el mar azul, salado y agitado.

Los que no se dejaban llevar por los soporosos sueños, donde la realidad no existía, escapaban en el primer avión o barco, dejando atrás una ciudad poblaba por gaviotas, sonámbulos y abstemios borrachos. Trabajadores de duros callos, estibadores de montañas de lana, ovejeros mudos y cosechadores de frutos apagados.

No sé si fue la noche interminable de los inviernos, o el insomnio desesperante de los cortos veranos, o el aullar del viento, o el frío que quemaba las mejillas y desgarraba los labios, pero allí se vivía de cuentos inverosímiles de cazadores de pieles, de naufragados resucitados y cantos de sirenas desnudas que embriagaban como un vino barato.

Un día me fui, rompí con todo y empecé a tejer otros cuentos bajo cielos menos estrellados, sin encontrar jamás lo que buscaba en otros desiertos, donde el sueño era menos gélido y más liviano. Pero la vida es un anillo irrompible y siempre volvemos a las historias ya gastadas de nuestros primeros años.