Lorena Analia Perez  Por Lorena Analia Perez (Coach Transpersonal)

Quisiera compartirles una sensación, idea, y experiencia personal. Este último año se juntaron dos cuestiones, por un lado mi rol de coach acompañando varios procesos de jóvenes miembros de las generaciones más temidas del ámbito institucional: Los Millennials y Z; por el otro gracias a mi rol de madre la gracia de presenciar una charla super interesante dictada por el Dr. Claudio García Pintos (a quien no conocía!), sobre la importancia de los límites en la construcción de la autoestima, entendida ésta como el resultado de la ecuación: Fortalezas +– Debilidades. Donde el  auto conocimiento y el feedback del entorno se vuelven herramientas fundamentales para lograr una objetiva consciencia de la misma.

A menudo relevo en los líderes mucho desconcierto, en ocasiones temor, dudas y hasta procastinación en la puesta de límites hacia los más jóvenes de su equipo. Suponen en muchos casos que no los quieren entender ni pretenden respetarlos, que podrían desmotivarse; o bien que en el fondo no les importa absolutamente nada, que es “gastar polvora en chimango”; mientras que otros temen que renuncien a sus empleos, como si la comunicación de límites fuera un destino fatalista para todos aquellos involucrados y en todas las facetas posibles.

Siento que si pudieran flexibilizar sus modelos mentales y trabajar sus pre conceptos al respecto, podrían apreciar que todo ser humano (Aún los millennials, los Z, los índigos y los que aún no nacieron) para lograr un ciclo evolutivo saludable (en lo que sea) necesita límites. Necesita que le “marquen la cancha” para poder luego desplegar con eficacia su juego de fortalezas, potencialidades, descubrir sus debilidades, e integrarlas en una visión de conjunto. Y no hay nada más asertivo que dichos límites sean puestos por una autoridad legitimada, a quien se reconoce y valora como tal. Y cuando hablo de autoridad me alejo del viejo concepto de autoritarismo, muy confundido por las generaciones añosas a quienes las instituciones (familia, escuela, estado, trabajo) tallaron límites a fuego sin respetar su propia subjetividad, sino más bien cuidando y preservando la homogeneidad social de los valores, ideas y comportamientos.

Intuitivamente y en pos de abordar asertivamente las problemáticas de aquellas organizaciones que me convocaron, asumí en más de una ocasión un rol mediador entre los líderes  y sus jóvenes liderados, donde la brecha generacional operaba de manera invisible como motor generador de conflictos comunicacionales y vinculares que obturaban el alcance de objetivos por parte de los equipos de trabajo; logrando para mi sorpresa resultados más que maravillosos. Confieso que el puntapié inicial para un efectivo resultado fue trabajar mi implicación personal con dichas generaciones, sorprendiéndome en el andar de la práctica con su enorme entusiasmo, dinamismo, flexibilidad y compromiso, dejando entrever además que parte de su motivación intrínseca está también en la necesidad de ser escuchados, comprendidos, valorados y contenidos por el entorno.

Es por esto que creo que así como en los colegios secundarios se ha instituido la figura del tutor, como aquel responsable de acompañar a los adolescentes en sus problemáticas personales, grupales y con la institución educativa, empatizando con sus modelos mentales; en las empresas debieran empezar a sumarse roles similares que logren reducir la brecha generacional que abunda  en los actuales equipos de trabajo, acompañando al líder, a los miembros y el vínculo entre ambos; al menos hasta que el mismo ciclo social de renovación y recambio generacional acorte naturalmente dicha distancia.