Por Romina Turconi

 “Supongo que he tenido miedo de estar solo. Y le vino un pensamiento de que durante toda su vida había perdido el tiempo hablando de lo que había hecho y de lo que iba hacer. Nunca había disfrutado de lo que pasaba en el momento. Durante la mayor parte de su vida, no había escuchado realmente a nadie ni a nada. El sonido del viento, de la lluvia, el sonido del agua que corre por los arroyos, había estado siempre ahí, pero en realidad nunca los había oído. Tampoco había oído a Julieta, cuando ella intentaba decirle como se sentía; especialmente cuando estaba triste. Julieta debía de haberse sentido muy sola hablando con un hombre envuelto en acero, tan sola como el se había sentido en esa lúgubre habitación. Su propio dolor y su soledad afloraron. Comenzó a sentir el dolor y la soledad de Julieta también.”

El Caballero de la Armadura Oxidada – Robert Fisher

En el camino de mi formación como coach, una de las paradas introspectivas más importantes estuvo relacionada con la identificación de mis armaduras.

Armaduras, aquellos mecanismos de adaptación y supervivencia creados en algún momento de mi vida, vueltos tan carne que con el tiempo había dejado de reconocerlos, naturalizados, incluso al transformarse en mecanismos de limitante encierro, de desconexión entre mi ser y el mundo externo. Olvidé que fui yo misma quien alguna vez las había creado. Y que, por lo tanto, yo misma era la única persona capaz de quitarlas, vencerlas, abrirlas, rediseñarlas. En mi caso, me encontré con la exigencia. Armadura que me ayudó a transitar duros momentos de mi vida y seguir cual tractor contra todo, y armadura también que, por no quitarla cuando dejé de necesitarla, me llevó a tiempos, proyectos, estructuras que no eran las que me hacían sentir completa. A certezas que no eran propias, a un estado de pseudo seguridad del que me sentía presa. Me transformé en mi propia limitación, el «deber ser» me pasó por arriba y yo pensando que nada podía hacer al respecto, cual cosa juzgada.

«Ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos. Luego un día quedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir.»

Construimos armaduras para dar batalla a los conflictos que atravesamos, para proteger nuestros aspectos más vulnerables, para defender nuestras emociones más profundas, para fortalecernos, para avanzar en escenarios que juzgamos hostiles, para ocultar nuestros sueños si creemos que los otros pueden destruirlos, para tomar decisiones, para terminar una relación, para posicionar una opinión en el trabajo, para hacernos respetar, para transitar procesos dolorosos, para encajar, para que el otro nos acepte, para aceptarnos cuando juzgamos que necesitamos una versión diferente de ese ser que habita muy adentro nuestro. Las construimos cuando las consideramos necesarias. Las utilizamos cuando las consideramos necesarias, cuando sentimos que podemos abrirnos posibilidades con ellas… Ahora bien, ¿somos capaces de quitárnoslas cuando sentimos que ya no son necesarias? ¿O las mantenemos por si acaso, por la seguridad y el poder que nos ofrecen ante la incertidumbre de la vida? ¿Qué sucede cuando frente a este «por si acaso», pasan los días, los meses, los años, y olvidamos que las llevamos, que las cargamos, que transformamos unos mecanismos de adaptación a situaciones y momentos específicos en interacciones cotidianas? Que esa armadura que alguna vez nos sirvió para protegernos, hoy nos esclaviza. Que esa armadura que nos llevó a reflejar una imagen de nosotros mismos, hoy nos impide vernos, escucharnos, aceptarnos. Que esa armadura que nos fortaleció, que contuvo nuestras emociones del desborde, hoy no nos permite manifestarlas a quien queremos. Que esa armadura hoy distorsiona nuestro sentir, nuestras conversaciones, nuestra corporalidad entre lo que verdaderamente queremos y  aquello que exteriorizamos.

«Descubrí que, cuando estaba con alguien, mostraba sólo mi mejor imagen. No dejaba caer mis barreras, de manera que ni yo ni la otra persona podíamos ver lo que intentaba esconder.»

¿Cuál es nuestro yo proyectado al mundo? ¿Cómo es la película que contamos todos los días a ese mundo exterior? ¿Qué aspectos elegimos mostrar, qué aspectos ocultamos? ¿Qué papel construyo para el afuera y cuál es mi genuino yo? ¿Cuál es la brecha de incompatibilidad entre mi ser interior y el ser que exteriorizo para los demás? ¿Para qué lo hago? ¿Qué logro? ¿Cómo seríamos sin esta armadura? ¿De qué nos estamos privando por llevarla?

«Casi muero por todas las lágrimas que no derramé.»

¿En qué dominio siento incoherencia entre mi mundo interno y los resultados que estoy obteniendo en mi mundo exterior? ¿Con mi pareja, mi trabajo, mis amigos, familia… conmigo mismo? ¿Cuál es esa barrera que me impide ser como quiero ser? ¿Puedo distinguir cuando la generé? ¿Para qué lo hice? ¿De qué material es? De madera, de plástico, de hierro… Probablemente no permita el ingreso tan siquiera de una bala pero, ¿a qué costo? Nada puede atravesarla, en ninguna dirección. Me impermeabilizo al dolor, aunque también al amor y a la compasión. A la posibilidad de recibir, y de brindar. Distinguir estos aspectos de mi armadura, puede permitirme reconocerla, agradecerle por haberme acompañado y servido durante tanto tiempo y también declarar qué quiero de ella, a partir de hoy. ¿Cómo quiero interactuar? ¿Qué quiero compartir? ¿Cómo es mi entrega hacia lo que quiero lograr? ¿Qué quiero permitirme a través de mis emociones?

¿Somos capaces de distinguir nuestras armaduras y elegir qué queremos hacer con ellas? ¿Quiero guardarla? ¿Quiero quitármela para ir más liviano? ¿Quiero desarmarla o rediseñarla? ¿Quiero mantenerla? No importa qué hagamos con ellas, creo que lo importante es reconciliarnos con nuestras versiones más genuinas, auténticas, sinceras… Aquellas que nos permiten mostrarnos, arriesgar, amar, confiar y perdonar… levantarnos una y otra vez sanando nuestras heridas. Aceptando, y no resintiendo. Fluyendo, livianos.

“El reconocimiento de que él era la causa y no el efecto, le dió una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo.”

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