Por Cecily Valentine

¿Qué sucede con esas amistades que prefieren una mentira a que les digas lo que realmente pensás o sentís? Puedo mentirte, colorear todo para agradarte y que jamás estemos en contraposición. ¿Pero qué saca uno de eso? De la crisis surge esa redención, ese panorama ajeno que te brinda la perspectiva del otro. Y es súper productivo.

En mi caso, me siento más a gusto con los que me dicen a secas «te mandaste cualquiera». A los que festejan cada idiotez mía sin siquiera llevarla a reflexión, directamente no les doy mucha cabida en mi vida. No me tomo en serio a los zalameros y ensalzadores profetas.

Simplemente porque son éstos, los que, cuando te das vuelta, hacen de vos leña del árbol caído.

Yo prefiero a aquellos que muchas veces te dejan tartamudo en situación incómoda, demostrándote que la pifiaste y que errar es humano; que te tiran esas verdades que van derecho al pecho y te sacuden, dejándote en estado espasmódico y con una cara de «¿qué paso?»… Esa gente me invita a la reflexión, me hace crecer. Los demás simplemente, bufones que utilizan a otros para adobarse el ego. Cosa que en mi caso, no necesito.

Cada uno sabe perfectamente en qué cosas es bueno y en qué otras, detestablemente malo. Con esto no quiero decir que uno vaya por ahí tirando caños, porque también están los que aprovechan eso para dejarte knockout ante la primera tontería… Creo que la verdadera amistad se sostiene mirando de frente a tu interlocutor, diciendo la verdad pero con tacto.  Uno puede decir la verdad con un toque de dulzura y eso siempre será bien recibido.

¿Qué les pasa a esos que en nombre de la verdad, utilizan a todo un auditorio para decirte las cosas a la cara? Buscan enrolar soldados en una guerra que ni siquiera la creaste vos. No se bancan decirte las cosas a solas. En general, me gusta pensar que «se felicita en público y se corrige en privado». ¡Aplausos para ese tipo de gente atinada que escasea! Que te la dicen, porque lo hacen, pero con una caricia al corazón.

Valoro al que puede dejar el ego en la puerta para derribarte con su humilde sintonía de amor.

Porque te quiere.

Y porque respeta tu posición.