Por Julio Olalla, Presidente de Newfield Network, pionero y maestro del Coaching Ontológico

El Dalai Lama dice que en nuestro creciente mundo materialista, estamos llevados por un insaciable deseo de poder y de posesiones. Y continúa diciendo que en este vano intento, nos alejamos más y más de nuestra paz interior y nuestra felicidad mental.

A pesar de los agradables entornos materiales, nos dice, mucha gente experimenta insatisfacción, miedo, ansiedad y una sensación de inseguridad. Parece que algo nos falta en nuestros corazones. Y concluye diciendo que lo que parece estar faltando es un adecuado sentido de la espiritualidad humana.

Y esto nos abre una gran pregunta: ¿Qué entendemos por espiritualidad?

Digamos de partida que no es una pregunta fácil de responder. Sin embargo, me atrevería a sugerir que la espiritualidad es la experiencia directa de lo sagrado, como lo dice Roger Walsh.

Es decir, la espiritualidad consiste en experimentar lo sacro de lo cotidiano, y no tiene que ver necesariamente con algo en lo que creamos o teoricemos. Consiste en la experiencia de reverenciar lo que nos rodea, aquello en lo que vemos el regalo de la existencia, aquello que nos sobrecoge por su sencillez, su misterio y su grandeza.

No tenemos que ir a ningún lugar especial para vivirla, está en la flor que crece en el jardín, en las preguntas de los niños, en los ojos del enamorado, en la calidez de nuestros padres, en el agua que sacia nuestra sed, en la conversación con el amigo, en las caricias del viento.

La espiritualidad nos permite acceder a la compasión y a la gratitud, emociones que alteran nuestras relaciones con los demás y con el mundo. En la compasión sentimos y solidarizamos con el dolor humano, en la gratitud experimentamos la abundancia de regalos que la vida nos ofrece a cada instante.

Por todo ello, las prácticas espirituales buscan encontrar nuestra humildad sin renunciar a nuestra grandeza, y nos entregan, además, otras ofrendas como alcanzar la paz, acceder a la alegría, escuchar los consejos de la tristeza, sentirnos parte del inmenso misterio de la existencia y mirar lo cotidiano desde el asombro y de esa manera, abrirnos camino hacia la felicidad. La espiritualidad, por otra parte, simplemente no persigue el conocimiento sino que nos encamina hacia la sabiduría. No está buscando más información sino acceder al buen vivir.

El coaching ontológico se ejerce en un espacio espiritual. No requiere que hablemos acerca de la espiritualidad, que nos refiramos a ella. Requiere de la espiritualidad para escuchar con respeto, para aceptar al otro, para experimentarnos como parte integral de este maravilloso misterio, para tener conversaciones que nunca habíamos tenido, para unir los aspectos interiores y exteriores de la experiencia humana, para encender el sentido, para aceptar con humildad el no saber e iniciar en paz el camino del aprendizaje.

El coaching ontológico, por lo tanto, no puede ejercerse sin ese trasfondo espiritual, sin la generación de espacios que nos permitan revisar nuestras presuposiciones y dejar de llamarlas verdades, espacios en que volvamos a escuchar respetuosamente las voces del universo para que nos visite el asombro y nos conecte con el poder de las preguntas.

Einstein decía: ¨Lo más hermoso que podemos experimentar es lo misterioso. Es la fuente de todo verdadero arte y toda verdadera ciencia. Aquel para quien esta emoción sea extraña, aquel que no puede detenerse y ser golpeado por el asombro, es como si estuviera muerto: sus ojos están cerrados.¨

Experimentar la hermosura de lo misterioso es devolverle al mundo su encanto. Reencontrarnos con la pasión de la búsqueda, con el deleite de aprender. Esto lo estamos perdiendo al término de esta era. Richard Tarnas lo dice así: ¨Creo que el desencantamiento del universo moderno es consecuencia directa de una epistemología simplista y de una postura moral extraordinariamente inadecuada a la profundidad, la complejidad y la grandeza del cosmos”.

Si la tarea original del coaching ontológico es la generación de una epistemología que integre los aspectos interiores y exteriores de la experiencia humana, que se aleje de la obsesiva búsqueda de la predicción y el control, que comprenda que la relación del ser humano con el mundo no es dualista sino participativa, entonces la espiritualidad es inseparable de él.

Extracto del libro “Del Conocimiento a la Sabiduría” de Julio Olalla, ediciones Newfield.

 

“No somos meramente seres dotados de un cuerpo, una mente y emociones. También somos seres espirituales. Para mí el espíritu es inmanente y transcendente. Y esto que digo no lo quiero poner al servicio de ninguna creencia particular o religiosa.

Simplemente lo digo porque para mí pertenece al Misterio, a lo que sospechamos que emerge en todo lo que nace.

Encontrarnos en contacto con la belleza es una forma fundamental de conexión. Nos encontramos elevados por la belleza y a veces incluso en una misteriosa armonía con el Cosmos. Incluso en esta era en que el arte corre peligro de transformarse tan solo en un bien de consumo más, aún parecemos capaces de encontrar un significado y conexión a un nivel más alto de realidad en la experiencia estética.

Mientras la religión convencional occidental continúa su largo descenso de la cima que alcanzó en la Edad Media, mucha gente está buscando otros caminos espirituales que ofrecen la posibilidad de librar al individuo de la carga del ego a través de prácticas que abren el camino a una mayor conexión con planos más elevados de realidad. Lentamente estamos reconociendo que somos parte de una unidad mayor cuya vastedad y profundidad escasamente pueden ser comprendidas.

Estamos comenzando al menos a vislumbrar algunas de las fuerzas arquetípicas que están formando al alma humana, a nuestra psique como parte del subconsciente colectivo, y comenzando a ver que el camino a la sabiduría yace en comprender y abrirnos a estas fuerzas. Incluso comenzamos a concebir que el Cosmos es consciente de sí mismo, y que somos parte de esa conciencia.

Aquí, también, un cambio de enfoque epistemológico es requerido. Como nos ha mostrado Ken Wilber, una visión científica no es en absoluto incompatible con el compromiso con un camino espiritual, esto si la ciencia reconoce que es absurda su insistencia en el materialismo y reduccionismo en un ámbito de experiencia no materialista y holística”.

Fuente: www.newfield.cl