Por Cecily Valentine

 

El silencio, ese sonido incierto, efímero, que traslada tu universo y lo tiñe de sensaciones varias.

Cuando era chica recuerdo que huía del silencio, lo asociaba a la soledad, a la muerte. Me bloqueaba cada vez que estaba sola. Prendía la TV, o ponía música fuerte ya que eso me hacía sentir en compañía de algo.

Supongo que el silencio significaba abandono, para mí. Si me hubieran dicho en aquellos tiempos que iba a terminar disfrutándolo y saboreándolo, hubiera dicho que estaban totalmente locos porque eso no parecía posible en una personalidad temerosa como lo era la mía.

El tiempo transformó todo. Las experiencias de vida me hicieron dar cuenta de que todo lo rutinario tiene algo de veneno. La rutina puede ser vista como algo netamente nocivo; pero la contradicción rápidamente lo polariza, a personalidades para las que las crisis, las turbulencias y el desarraigo son moneda corriente, la rutina les dá algo que las ayuda a reponerse.

Podés enamorarte de ella; yo, entendí que la rutina, como tal, no existe. Quizás vas al trabajo por un mismo camino de ida y vuelta, pero, si te detenés un segundo a reflexionar, el trayecto de esa rutina es totalmente mutable; no pasa un segundo y la rutina se transforma vertiginosamente, al menos en detalles particulares.

Hoy estoy en condiciones de asegurarte que no creo que existan rutinas tan iguales y exactas. La creatividad les gana la partida.

Cosa seria esa energía que transmuta y bifurca todo el universo y hace que todo sea una gran obra de arte esperando ser reconocida en cada próximo detalle.

La rutina puede ser un laberinto a descubrir.